sábado, 7 de abril de 2018

El corral de comedias



El corral de comedias




Corral de comedias de Almagro (Ciudad Real) 




La comedia de los siglos XVII y XVIII, período que se ha convenido en llamar como Siglo de Oro, y muy bien llamado, por cierto, por lo deslumbrante de la producción y calidad literaria, digo que fue una manifestación artística y espectáculo popular precursor del teatro tal y como lo conocemos hoy en día. En dicha época este entretenimiento era más extenso y variado. Toda una suerte de actos escénicos, de los cuales los entremeses fueron los más valorados por su comicidad; músicas y bailes de moda como las mojigangas y las jácaras, hicieron las delicias de los vecinos. Cualquier representación teatral, salvo los autos sacramentales, ya fuera dramática o cómica, era llamada comedia, la cual fue  pensada para el solaz del pueblo llano, y hacia él se dirigieron todo ese conjunto de obras ágiles y divertidas. 


El corral de comedias de Almagro es una joyita que posiblemente no tiene parangón en el mundo. Aunque en España hubo muchos éste es el único que ha llegado íntegro, en cuanto a su fisonomía original, hasta nuestros días. Su conversión, tras su cierre, en un mesón ordinario seguido de unos entapiamientos del escenario lo salvó de la ruina y permitió su conservación; quizás también gracias al olvido en el que quedó sumido ese rinconcito escondido en un costado de su plaza mayor. Felipe V los prohibió por insalubres (no había urinarios) y por ser lugares donde germinaba con facilidad la pendencia y los desórdenes, así cayeron en desgracia y fueron desapareciendo o reconvintiéndose en otros teatros modernos, pero éstos ya nunca más volvieron a ser corrales de comedias ya que se impuso el modelo italiano de espacios cerrados, que es el actualmente reconocible en todas las ciudades. 


El corral de comedias es genuinamente español. El de Almagro como sobreviviente y otros emplazamientos (estoy pensando en las corralas de Lavapies del Madrid más castizo) consistentes en unas viviendas dispuestas de tal forma que los balcones forman largas galerías asomadas a un patio interior, nos dicen cómo fueron aquellos primitivos teatros: alrededor de un patio abierto, central, cuadrado y soportalado se disponen dos pisos de galerías corridas con balaustrada de madera. El escenario ocupa un frente del cuadrilátero y se sitúa en un plano superior gracias a un entarimado. Debajo de ese tablado hay un foso donde las compañías guardaban sus bártulos, los actores podían irrumpir en escena y se alojaba el apuntador siempre atento para hacer el quite al actor desmemoriado. Como fondo se utilizaban enormes telas decoradas o, como en el teatro de Almagro, una reproducción o imitación de un edificio de dos plantas, con sus ventanas y balcones, que facilitaría el diálogo cruzado entre los personajes. 


El decorado era austero pero suficiente; el público de esa época no necesitaba de grandes artificios visuales, bastaba con que el actor invocara sutilmente a la luna para que el personal se sumiera imaginariamente en la noche cerrada. Tampoco había telón corredizo, así que para anunciar el inicio de la función sonaba la música o subía un presentador que a grito pelado iba consiguiendo hacerse escuchar entre la algarabía para ordenar silencio y proceder a la presentación de la obra. Los días de representación eran excepcionales y esperados como agua de mayo. Durante la función, la cual duraba varias horas, seguramente hasta la puesta del sol en los largos veranos, se podía beber y comer, se reía y lloraba, se aplaudía si la obra fue del gusto del respetable o silbar, insultar e incluso arrojar fruta y verdura a los comediantes si desagradó. 








Los asistentes podían interrumpir con cualquier chascarrillo que se les ocurriera buscando la bronca o la carcajada del resto. Estas costumbres que ahora nos resultarían chocantes aportaron una denodada vitalidad a la gala y causaron gran regocijo en el pueblo. No obstante, un mozo forzudo, con redaños y armado con una garrocha vigilaba que ningún exaltado se propasara, y si los disturbios pasaban a mayores los alguaciles expeditaban a los gamberros poniéndoles a la sombra. Pero lo normal es que la tarde trascurriera amena y con harto gozo. 


Un zaguán recibía a los espectadores y una vez en el corral iban colocándose en las diferentes zonas según el precio de la entrada, de pie o sentados, y siempre separados por sexos, como mandaba los usos y buenas costumbres. Bueno, siempre no, que ya sabemos que la vara de medir es diferente según quién sea el medido. Cerca del escenario estaban dispuestos los aposentos (preludio de los actuales palcos) reservados para los nobles señorones de la villa que esos sí podían ir acompañados de sus esposas, para ellos había manga ancha, aparte de que eran acomodados con un poco más de delicadeza por parte de los aposentadores. 


El público corriente y moliente debía buscarse una plaza en los bancos corridos y escaños como podía, y como no había límites de aforo, todo el mundo que adquiría el pase tenía derecho a un puesto, para ello contaban con la inestimable ayuda de recios apretadores que a fuerza de empellones hacían sitio donde no lo había. Eso sí, con las damas hubieron de tener exquisito cuidado ya que no estaba consentido, como debe ser, poner la mano encima. Pero se las ingeniaron para acomodarlas también. Y es que las muy cucas acudían con unos vestidos montados sobre el miriñaque, un armazón que les hacían ganar vuelo y amplitud de contorno. Aunque esa facha les hacía aparentar más orondas, poco les importaba. El caso era procurarse un espacioso hueco, el que ocupaba las posaderas más medio metro de regalo a cada lado, así podrían estar a sus anchas en esa lata de sardinas, pero como digo los apretadores descubrieron la treta y con ello apareció la solución: con una vara de medir (y esta vez en sentido real, no figurativo) les señalaban el espacio mensurado y todo lo que rebasara la vara era lo que tenían que encogerse, así que esas buenas señoras entre culazo y culazo para un lado y para otro iban ajustando el vestido al nalguerío hasta caber todas ellas. Y así cumplían los apretadores el cometido de apretar sin empujar y sin tocar piel de fémina. 


Para soportar tanto arrejuntamiento y apretaduras ocasionadores de no pocos vahídos y sofocos, se disponía en el porche de entrada, junto al pozo, la alojería (el ambigú de antaño) donde se preparaba y servía tentempiés y el refresco de moda: la aloja, una hidromiel fresquita y especiada con canela y pimienta; pura sabrosura que quitó la sofoquina a más de uno en las tórridas tardes estivales manchegas. 


Y en ese ambiente los almagreños pudieron disfrutar de lo lindo con las obras de nuestros más grandes creadores: Tirso de Molina, Lope de Vega "El monstruo de la naturaleza" como le bautizó Cervantes, Calderón de la Barca "El fénix de los ingenios", y con la representación teatral de sus obras a cargo de verdaderos profesionales, el drama se elevó a las mayores cotas interpretativas, se desarrolló la novedosa comedia de intriga, los conflictos dramáticos suscitados en enjudiosos monólogos, las chanzas gracias a las bufonadas del bobo y, por supuesto, la deseada comedia de enredo con la aparición de la sirvienta confidente y chismosa y la del criado gracioso, personaje que con su audacia y afilados chistes hizo las delicias del público. 


Aquellos pobres diablos, los comediantes, se trasladaban con sus carromatos de villa en villa, malviviendo la mayoría de las veces porque el oficio de actor y actriz, a pesar de la afición del pueblo español al teatro, no tenía la consideración que ahora tiene y tuvieron que hilar muy fino para agradar al respetable y provocarles una risa pensativa, incluso dejar traslucir con la sátira una sutil crítica social, y en ese afán derrocharon una chisporreante verborrea en los diálogos y lo dieron todo con sus gesticulaciones desbordantes y exageradas con tal de meterse al público en el bolsillo.



viernes, 26 de enero de 2018

El pinar de Valsaín



El paisaje que vemos a nuestro alrededor nos viene dado por la orografía, por el clima de la región y también por el trato que le hayan dado sus moradores a lo largo del tiempo. Empiezo así esta narración con la mente puesta en el adusto y triste paisaje que me rodea. La Meseta ha destinado casi todo el territorio a la agricultura. Hace muchos siglos se roturaron las matas de encina, quejigo y roble y apenas las menguadas zonas de monte han quedado como terreno libre donde han podido pervivir arbustos, matorrales y un puñado de árboles. Me sorprende ver el poco aprecio que se tiene  en este país a los árboles; nadie los planta y a muchos molesta su presencia: fíjense que no exagero pues se han talado todos los que jalonaban las cunetas de nuestras carreteras, los que medraban al amor de acequias de riego y regatos y los que consiguieron hacerse un hueco en las lindes de las propiedades. 


Como consecuencia de haber dejado la llanura de Castilla como un solar nos viene lo que tenemos: una tierra yerma, desértica, casi sin vida, porque es sabido que el agua solo visita las montañas y los bosques, al fin y al cabo lugares generadores de vapor de agua y por ende de las nubes. Y es sabido que en donde la naturaleza es menospreciada y maltratada no podemos esperar de ella compasión o generosidad. Con esta reflexión obvia y que no les cuento nada que no sepan me sirve para enfatizar la importancia de mantener los bosques.


Las masas forestales están ubicados en esta región, por tanto, en la orla montañosa que circunda la meseta: hayedos y robledales en las faldas de la Cordillera Cantábrica; pinares en las sierras de la Ibérica como son La Demanda y Urbión y en la cadena montañosa Central como son Ayllón, Somosierra y Guadarrama; y los encinares, muchos de ellos adehesados, en el confín del padre Duero donde hace raya con Portugal.


Y poco a poco me voy acercando a presentarles un lugar donde voy con cierta frecuencia, máxime desde que se ha construido el autovía llamado de Pinares que une Valladolid y Segovia, con lo que se me ha acortado la duración del trayecto desde Palencia a la Sierra de Guadarrama, y gracias a mis buenas amigas montañeras segovianas quienes me han enseñado sus senderos y veredas: Fonfría, Siete Picos, La Camorca y Peña Citores es toponimia que para mí ya es reconocida de sobra. Les estoy hablando del soberbio pinar de Valsaín. Y les voy contando someramente, al hilo de lo que anunciaba en la presentación del relato, algunos retazos de su devenir histórico porque al fin y a la postre es lo que ha conformado el magnífico estado de conservación del paisaje que vemos al día de hoy. 









El pinar de Valsaín se halla en la vertiente norte de la Sierra de Guadarrama (algunos se empeñan en llamar, con gran regocijo y aplauso ante el bautismo con el nuevo nombre, como Sierra de Madrid; y es que a los políticos les encanta que en los nombres de los lugares se haga referencia a su demarcación ejecutiva) y ve nacer el río Eresma, ese río que todos conocen en sus visitas a la bella Segovia y que como una serpiente va enroscando los cantiles donde se alza su magnífico casco histórico. Es tan formidable este pinar que siempre ha captado la atención del hombre a lo largo de los siglos. No en vano la construcción del acueducto de Segovia solo fue posible por la disponibilidad de ingentes cantidades de madera que necesitaron para el andamiaje, así como la construcción de los grandes palacios reales españoles que, si bien tuvieron que estar cercanos a la Corte (El Escorial, Palacio Real, Riofrío, La Granja de San Ildefonso,...), no se hubieran podido haber erigido si no hubiera habido esta masa forestal, la cual proveyó de toda la madera necesaria. 


La tala indiscriminada ha sido siempre su principal amenaza. La madera fue codiciada como material con que hacer vigas y andamios, pero también como combustible para enrojar los hornos de la fábrica de cristales de La Granja, por ejemplo. El diente del ganado, caprino sobre todo, también diezmó la superficie forestal.


Los otros personajes que se fijaron en el pinar fueron nuestros reyes, que de siempre han mostrado una desmesurada afición venatoria: los Trastámara de Castilla, sus sucesores Habsburgo y, por último, los Borbones han frecuentado estos parajes en busca de venados, jabalís y, al menos en tiempos pretéritos, osos como ejemplar de caza excepcional. Y con ese fin de disfrute de recreo y descanso ordenaron edificar palacetes y casonas de verano. Y mal no vino el que fuera así ya que el monarca Carlos III, ante el deterioro paulatino del bosque debido a las talas, y ante el peligro de quedarse sin piezas que cobrarse en sus habituales monterías, compró grandes extensiones de monte en favor de la casa real lo que al cabo fue su salvación. Al menos las concesiones de aprovechamiento de leña y pastoreo que correspondían a la Comunidad de Villa y Tierra de Segovia desde el medievo fueron respetados, eso sí y por fin, con restricciones rigurosas. 


Pocos decenios después, ya en el siglo XIX, el peligro para el pinar acechaba de nuevo ya que varios lotes fueron desamortizados en virtud de la fatídica Ley del Ministro Mendizábal por la cual pasaron de unas "manos muertas" a otras más muertas aún,como eran las de algunos grandes terranientes y ricos burgueses quienes fueron los únicos que pudieron adquirir esas amplias porciones de monte. Pero éstos no tenían otro interés que la obtención de dinero rápido y fácil a través de la venta de cantidades exorbitantes de madera obtenidas de las talas "a matarrasa" que se dice. Una segunda desamortización y más dañina aún, tuvo lugar con el ministro Madoz con cuya ley se facilitó el acceso de más expoliadores (ahora fueron amigotes del General Serrano, a la sazón Regente del Reino) a otras zonas aledañas del pinar, donde el rebollar y melojar se hacían hueco en donde no había pino. Y no me digan que esta forma de actuar, como es la de conseguir dinero rápido y fácil, sin importar el menoscabo que produce en el territorio, no les suena... Me refiero a la gran similitud con lo que hemos convenido en denominar  "economía del ladrillo" y  "pelotazos inmobiliarios" gracias a los cuales Ayuntamientos y particulares han embolsado "parné" a espuertas... En esta España incorregible hay prácticas que nunca cambian y me temo que nunca cambiarán....





Pero no nos desviemos y sigamos avanzando en el tiempo. El caso es que gracias a la acción denunciatoria de esas ventas ilegales a cargo del ilustre benefactor, el ingeniero de Montes Don Roque León del Rivero pudieron revertir la propiedad de todas esas enormes matas de pino a la Corona y ya para siempre al dominio público. Con la Segunda República pasó de la Corona al Patrimonio del Estado quien definitivamente ostenta la propiedad y es responsable de su custodia y vigilancia. 


Mientras tanto los gabarreros, como así se les conoce en la comarca a los paisanos que trabajan en el monte, cortando y sacando la madera con caballerías y carros (actualmente con medios mecánicos) para su venta, fueron perfeccionando el sistema de aprovechamiento sin menoscabar un ápice la calidad de la foresta, pues solo cortan los pinos de más porte por viejos, escogidos uno a uno, de tal forma que con ese sistema de aclaramiento de la fronda, entra luz al suelo, calentándolo y permitiendo una óptima germinación del piñón. Luego, de todos los regualdos nacidos se hace un desbroce para que solo medren los elegidos, de tal forma que al cabo de unos años se haya renovado toda la arboleda. A resultas de estas buenas prácticas postreras, del último siglo y medio, el bosque fue recuperándose. 


Retomando el hilo de la introducción de la narración, nos hallamos ante uno de los más importantes y hermosos bosques de pino silvestre de España. Pero su interés no está solo en el deleite visual. El pinar y la sierra entera es un ecosistema único que alberga una gran cantidad de flora y fauna, algunos endemismos, y confiere un inestimable reservorio de agua y oxígeno. Madrid, que funciona como un enorme país dentro de un país, empieza a los pocos kilómetros pues nada más tocar los primeros pueblos serranos del sur: Cercedilla, Rascafría, Navacerrada, Manzanares,.... el territorio está totalmente humanizado y urbanizado hasta Aranjuez, ciudad que da paso a otra estepa, la manchega. Es decir, desde Guadarrama hacia el sur ya no disponemos de más bosques hasta rebasar Sierra Morena para encontrarnos con los alcornocales andaluces. Madrid, como gran urbe, presenta graves problemas de contaminación del aire, pero creo que sería absolutamente inhabitable si no hubiera tan cerquita el gran pulmón guadarramero. 






Poco a poco los administradores de lo público, con gran reticencia, también hay que decirlo, les ha entrado en la mollera la importancia de conservar en las mejores condiciones el monte y el bosque y hace pocos años por fin se ha concedido a la sierra la máxima figura de protección ambiental que tenemos en este país. El Parque Nacional de Guadarrama es el último parque que se ha consituido en España y esperemos que este galardón sea una herramienta para su custodia y salvaguarda y no un mero reclamo turístico. Les animo a que visiten el magnífico pinar de Valsaín y todo Guadarrama, eso sí, pasen de puntillas... Muchos parajes de la sierra no soportan ya más presencia turística.

martes, 26 de septiembre de 2017

El Vítor de Mayorga


EL VÍTOR DE MAYORGA




Todas las noches de los veintisiete de septiembre se celebra en Mayorga la procesión del Vítor. Y aunque tengo vistas muchas, a fe que esta es la más insólita de cuantas conozco.

Y parece ser que el origen de esta procesión cívico-religiosa es el siguiente:

Santo Toribio de Mogrovejo fue obispo de Lima, en el Perú, allá por el mil setecientos y pico. Muy importante y querido tuvo que ser este hombre, pues cuando sus reliquias vinieron a su pueblo natal sus paisanos las recibieron con gran gozo y las llevaron en procesión, como era uso en aquella época, por las calles del pueblo portando teas y antorchas para alumbrarse en la noche cerrada.

Y aquel suceso se convirtió en tradición hasta nuestros días. Los mayorganos procesionan a su santo patrón, representado en el VÍTOR, como doctorado de Salamanca que fue, y que como tal reza en el estandarte. 


  Texto del estandarte: «Santo Toribio Alfonso Mogrobejo, arzobispo de Lima, hijo de esta ilustre y noble villa de Mayorga».

Cientos de corambres en llamas, pendidas de largos varales y pértigas, alumbran la comitiva que marcha perezosamente al son repetitivo del himno de Santo Toribio que toca mil veces la charanga. Los goterones de pez ardiente escullan por los harapientos gabanes y sombrerones de los procesionarios tapizando de parches negros las calles del pueblo. La procesión avanza pausadamente, sin prisa alguna por acabar, entre el humo y el
 olor pestilente del alquitrán recién fundido.

La visión del grandioso espectáculo de fuego no deja más que evocarme los akelarres perdidos en la noche de los tiempos.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Las puentes


LAS PUENTES



Cuando se transita por las veredas y caminos de Sayago, una de las cosas que más llaman la atención es la cantidad de puentes rústicos que hay desperdigados por esas tierras rayanas con la hermana Portugal levantados por los campesinos alistanos y sayagueses.






En los montes cercanos de las Arribes del Duero no hay vegas espaciosas cercanas a las villas y los terrenos de labrantío y sesteaderos del ganado distan un buen trecho; había que salir lejos para laborear. Por otra parte, este territorio ciertamente es poco amable: el pedregoso altiplano se agota en el Duero a través de barrancas antes de precipitarse bruscamente en sus fayas, como así llaman en el país a los farallones y acantilados del río.
Esta complicada orografía no fue problema para sus habitantes, los cuales aunados en ese afán cosieron el territorio con puentes de enormes lanchas de granito perfectamente apeonadas sobre el el lecho de arroyos y regatos. Gracias a ellos los rebaños de cabras y ovejas, los arrieros con sus reatas de burros y mulas y los carros atestados de centeno pudieron transitar por el recio paisaje arribeño.




Desaparecidas estas formas de vida, los silentes puentes aguardan adormecidos la eventual visita del pastor, sentir de nuevo el chirrido de la llanta del carro, el claqueteo de las herraduras de los mulos y la apresurada pisada de las cabras sobre las espaldas de sus enormes lastras. Mientras tanto, habrán de conformarse con ver caminantes de paso cansino y sudorosos ciclopedistas.

los chiviteros


LOS CHIVITEROS

Torregamones (Zamora)



Y hoy les presento otra curiosidad de esta mi querida España, la que más me interesa, la que muestra nuestro acervo cultural, pero la que definitivamente ya no existe, para bien y para mal, porque parece ser que tenemos que vivir de otra forma ... Pero las muestras culturales ya olvidadas pero insólitas me seducen y sugieren ideas como para plasmarlas en este tablero.

Los chiviteros, y ahora paso a lo que les quiero contar, están salpicados por el país arribeño, son pequeñas construcciones que los pastores sayagueses idearon para solucionar el peligro de supervivencia que corrían los chivines recién paridos: podían morir pisoteados por el grupo, ser atrapados por el águila o cazados por el raposo. Para que no hubiera perdida del más preciado fruto del hatajo, como eran esos neonatos, los cabreros los recluían en estos diminutos chozos de piedra con cubierta vegetal de retama, y que nos evocan, en nuestro ensoñador mundo literario, a las casitas de los gnomos.. Estas miniaturas son una cucada, en serio..

En su oscuro y mínimo habitáculo la cabra paridera encontraba la paz, sosiego y discreción que la maternidad requiere. Mientras tanto, sus congéneres pasaban su rutina diaria en el corral ajenos a la paridera. Días después el cabrito ya podía salir brincando y rebrincando porque los peligros habían cesado, y el pastor ya podía respirar tranquilo y solazarse de ver su rebaño recrecido.

Los muros de piedra

Ermita Ntra. Sra. Del Castillo. 
Fariza (Zamora)










El paisaje arribeño está cuartelado por miles de kilómetros de muros de piedra que deslindan las fincas, o cortinas, como prefieren llamarlas en esta comarca del antiguo Reino de León. Aquellas gentes dividían los predios, como digo, con todo ese cantal retirado, aprovechaban así para despejar del molesto granito para las labores agrícolas y ganaderas. 

Y para ello utlizaron un método cuanto menos curioso y posiblemente único. Los berrocales más grandes los ahincaron en el suelo, supongo que entre muchas manos y otras tantas palancas, apoyaron luego las piedras más largas tumbadas sobre ese cantazo, a modo de tijera, y ya solo tuvieron que rellenar los vanos con todas las piedras restantes.

Fruto de esa titánica tarea y de su estupenda factura los muros han aguantado decenios y siglos, quizás. Y hoy podemos admirar esta excepcional y bella obra de pura roca.

viernes, 12 de mayo de 2017

LOS ESTIPENDIOS DE LA MISA



Estipendios de Misa. Iglesia de San Cipriano de Pedraza de Campos (Palencia)
En muchas iglesias de los pueblos terracampinos y ,entiendo, que de España en general, cuelgan de sus paredes vetustas tablas raídas por las humedades y taladradas por la carcoma con los estadillos de las misas encargadas por los vecinos más píos. Nadie las hace caso alguno porque la lectura costosa no es bien recibida; tampoco atrae los asuntos que en esos textos se tratan por extemporáneos.

Así que ahí se encuentran adornando paredes de trascoros y capillas esperando que algún feligrés fisgón pose sus ojos en los cuidados trazos de sus escrituras, y bien de curiosidades pueden despertar una somera pero atenta ojeada, al menos para mí que por mi oficio de dulzainero tengo que oír muchas misas y que mientras llega el momento solemne de la consagración, cuando me juego el prestigio y los cuartos, me entretengo husmeando sus retablos y oratorios, solazándome con la ampulosidad de la imaginería y con la inmensa belleza de nuestros templos.

Decía, hablando de estas tablas de estipendios de misas que, por lo visto, no debieron ser pocos los feligreses dadivosos que recurrieron a este método de salvación por vía pecuniaria: el oferente declaraba una intención, generalmente la redención de su alma y las de sus familiares vivos o difuntos y el párroco o vicario, una vez aceptado el encargo, celebraba la correspondiente misa en la fecha acordada, intermediando así, y a través de la Eucaristía, con Dios todopoderoso.

Para fomentar este uso antiquísimo y saludable para la Iglesia premiaron tanta caridad cristiana y tanta largueza a la hora de pagar misas otorgando pingües indulgencias; es decir, a más misas encargadas, menos mili en el purgatorio. Y todos sabemos de la importancia de purgar pronto los pecados, acortar la estadía en ese limbo o terreno de nadie, difícil de comprender y ubicar para nosotros los mortales, pero que en todo caso urgía salir disparado de allí y subir cuanto antes al cielo, donde seguro que se está mucho mejor que en dicho purificatorio y aún mejor que aquí abajo, en la Tierra, donde ya sabemos todos que esto no es más que un valle de lágrimas.

Y en esa idea de salvar su alma y purgar sus pecados temporales y terrenales (el original quedó expiado cuando le bautizaron) tenemos a doña Catalina. Me pregunto qué pecados terrenales habrá cometido la buena señora para tener que rascarse así la faltriquera, pues ya vemos que arrimó ocho realazos de vellón para cubrir dos misas, una de ellas, cómo no, en honra a su santa homónima Catalina, la de la rueda. Pero en el estadillo no se cuenta nada más porque es de mal gusto mentar pecado y pecador. Es la más desprendida, porque los otros limosneros con tres reales y unos maravedís (que serían los céntimos de la época, pura calderilla, vamos...) ya cumplían.

Leo también que Martín de Abastas quiso darse otro homenaje, porque al fin y al cabo -¿Qué son cuatro reales para el día de San Andrés? Bien lo merecía este mártir que sufrió lo indecible en una crucifixión en cruz aspada, bastante más atroz que la de en cruz a escuadra empleada por los malvados verdugos romanos, por incómoda de soportar esta rara postura, supongo...

La Iglesia siempre ha instruido la necesidad de ajustar una misa por cada intención, y ahí no vale hacer la trampa de celebrar una única misa para cumplir varios encargos. No obstante, entiendo que una cosa es el encargo de la misa y otra la asistencia obligatoria, y que una cosa no implicara la otra, porque entonces más de un fiel pasaría más tiempo en capilla que en su propia casa. Y los curas acabarían más que hartos de repetir tantas veces la eucaristía. Pero bueno, es su trabajo, y a casi nadie nos gusta nuestro trabajo....

Y para que no hubiera malas cuentas, ya estaba el afanoso escribano Gregorio Vicente levantando acta, con inmaculada y clara caligrafía, y a dos tintas, de todos los cobros y de las respectivas misas mandatadas. De la cobranza y custodia de los estipendios ya se encargaban párrocos y vicarios, que de toda la vida de dios han tenido fama de buenos ecónomos.

Y no dejo de asemejar este audaz sistema recaudatorio, que además de tener ocupados los púlpitos, abasteció la caja de caudales, con el actual, más edulcorado, eso sí, mediante el cual la Iglesia nos invita con vehemencia en radio y televisión a marcar la equis en la casilla pertinente, ahora que nos encontramos en período de rendir cuentas con nuestro maltrecho fisco mediante la declaración de la renta.

Y es que a veces el dinero huele a incienso...