En muchas iglesias de los pueblos terracampinos y ,entiendo, que de España en general, cuelgan de sus paredes vetustas tablas raídas por las humedades y taladradas por la carcoma con los estadillos de las misas encargadas por los vecinos más píos. Nadie las hace caso alguno porque la lectura costosa no es bien recibida; tampoco atrae los asuntos que en esos textos se tratan por extemporáneos.
Así que ahí se encuentran adornando paredes de trascoros y capillas esperando que algún feligrés fisgón pose sus ojos en los cuidados trazos de sus escrituras, y bien de curiosidades pueden despertar una somera pero atenta ojeada, al menos para mí que por mi oficio de dulzainero tengo que oír muchas misas y que mientras llega el momento solemne de la consagración, cuando me juego el prestigio y los cuartos, me entretengo husmeando sus retablos y oratorios, solazándome con la ampulosidad de la imaginería y con la inmensa belleza de nuestros templos.
Así que ahí se encuentran adornando paredes de trascoros y capillas esperando que algún feligrés fisgón pose sus ojos en los cuidados trazos de sus escrituras, y bien de curiosidades pueden despertar una somera pero atenta ojeada, al menos para mí que por mi oficio de dulzainero tengo que oír muchas misas y que mientras llega el momento solemne de la consagración, cuando me juego el prestigio y los cuartos, me entretengo husmeando sus retablos y oratorios, solazándome con la ampulosidad de la imaginería y con la inmensa belleza de nuestros templos.




